Lecciones desde La Habana

Dos coches, dos televisores, tres ordenadores (entre portátiles y de mesa), una lavadora, secadora, lavavajillas, horno,  microondas, varios móviles táctiles de última generación y alguna consola de videojuegos para ratos de ocio. Elementos indispensables en cualquier familia occidental de más de tres miembros, sin los cuales somos menos, sin los cuales somos pobres.

En los países del primer mundo, la conciencia colectiva con respecto a la conservación del medio parece que empieza a cambiar. La gente de a pie, movida tal vez por una culpa bien merecida, se interesa más por la calidad del aire, comienza a moverse en bicicleta, crea huertos en sus balcones, y hasta toma conciencia (o algo parecido) con respecto a la calidad de vida de los animales que más adelante comprará troceados y presentados en bandejas de poliestireno en el supermercado. Nada del otro mundo, vaya, nada que no haría cualquiera con un corazón mínimo dentro de su pecho que supiera que la regresión de la biodiversidad, la destrucción de ecosistemas y, en general, el deterioro del medio ambiente global están directamente relacionadas con el nivel de vida de los países del norte (occidentales, ricos).

hippie_vegan_iphone_case_iphone_5_case-r2b4f5171075b401ab07457042b542db2_80cs8_8byvr_512Es cierto, la gente está dispuesta a cambiar en ciertos aspectos su modo de vivir, pero cabría preguntar, ¿es esto suficiente? ¿Basta con tan sencillos cambios? Definitivamente, y siempre desde mi humilde opinión, no. Diría que es un buen comienzo, sin más, pero en modo alguno la solución. Más de un “horticultor urbano” cree estar salvando el mundo, mientras obscenamente saca una fotografía de sus tomates cherry con el iPhone, para  colgarla en alguna red social y acto seguido recibir decenas de me gusta. Este tipo de acciones, aparentemente solidarias, progresistas y ecologistas, no se alejan demasiado de ser meras medallas que tipos con egos formidables se cuelgan, disimulando su individualismo y las extensas e innumerables órbitas de sus respectivos ombligos. Hoy precisamente leo en ecoosfera un titular que viene al dedillo: “Cientos de aves de corral son abandonadas cada año provenientes de granjas hipsters”. Un artículo interesante y que es un ejemplo claro de lo que hoy hablo. Y es que resulta que ahora ser ecologista es una moda más. Como quien decide dejarse barba, o comprarse unas novedosas y modernas zapatillas, ciertos pseudo hippies occidentales compran gallinas de las que beneficiarse “comiendo huevos sanos y luchando contra el sistema” y, una vez se han cansado o la moda ha pasado, abandonan los animales. Es un fiel reflejo de los valores de los países capitalistas, en los que el derroche es uno de los estandartes más altos. En los que todo es desechable y prescindible, excepto el dinero con que obtener nuevos productos de usar y tirar.

Es sólo un ejemplo que hace patente que el presunto cambio de conciencia del que hablábamos, lejos de ser una transformación profunda y sincera, no es más que un trapicheo superficial de valores, movido en muchas ocasiones por puras tendencias de mercado. No olvidemos que hoy en día lo ecológico y lo natural mueve millones, como millones son los que caen en el engaño de creer que salvan el mundo consumiéndolo. Todo forma parte del mismo juego, esto sigue siendo consumismo, que es la materia prima del capitalismo más bárbaro.

Llegados a este punto, toca enfrentarse con una de las tesis más socorridas de los tecnócratas occidentales (a veces disfrazados de progres, como vemos), ese bochornoso e indocumentado “¡pues vete a Cuba!”, con el cual dan a entender que la isla no está a la altura de las esplendorosas democracias europeas como la nuestra… Chulería. Atrevida fanfarronería propia del occidental. Chulería egocéntrica e ignorante, que es la peor de todas. Más aún teniendo en cuenta que datos oficiales del Fondo Mundial de la Naturaleza (WWF) constatan que Cuba es el único país sobre el globo que tiene un modelo económico y social ecológicamente sostenible.

Sí, así es, más que les pese a algunos. Y es que el país insular tiene un Índice de Desarrollo Humano muy alto frente a un nivel de Huella Ecológica increíblemente bajo. Me explico: el estudio llevado a cabo por WWF relaciona estos dos índices para, de alguna forma, medir el nivel de sostenibilidad de cada nación. El Índice de Desarrollo Humano (IDH) mide el nivel de desarrollo de un país. Creado por las Naciones Unidas, se basa en tres indicadores clave: la esperanza de vida al nacer, la renta per cápita, y el nivel de educación. Por su parte, la Huella Ecológica es un indicador de impacto ambiental que representa la superficie productiva del territorio de un país, capaz de generar los recursos necesarios para “alimentar” al mismo y absorber los residuos generados. Se mide en unidades, cada una de las cuales representan los planetas que serían necesarios para mantener un determinado nivel de vida.

De este modo, se establece que un país tiene un desarrollo humano positivo cuando el valor de este índice (IDH) está por encima de 0,8 puntos, y Cuba tiene un IDH de aproximadamente 0,82. Asimismo, se considera que un país es ambientalmente sostenible cuando su Huella Ecológica está por debajo de 1, es decir, que sus habitantes jamás agotarían los recursos generados por el planeta, ni generarían una cantidad de residuos que no pudiera asimilar; o lo que es lo mismo, que sólo necesitarían un planeta para vivir. Pues bien, Cuba tiene una Huella Ecológica de menos de 1, contrariamente a Estados Unidos, que ostenta un esplendoroso 5, lo que quiere decir que si todos los habitantes del mundo tuvieran el mismo nivel de vida que los estadounidenses, harían falta 5 planetas Tierra. En la siguiente gráfica puedes analizar detenidamente los datos manejados:

Cuba

Relación entre IDH y Huella Ecológica de algunos paises y zonas del planeta. Fuente: 20 minutos

En este sentido, Cuba, con sus virtudes y sus reprochables defectos, puede gritar al mismo mundo que le ataca, que es un país que no solamente se desarrolla de manera ambientalmente sostenible, sino que lo hace sin dejar de lado el avance educativo, social y económico de sus habitantes. Y esto es algo que ninguna de las vistosas democracias europeas o americanas puede decir. Es algo que no puede decir nadie, salvo los cubanos.

Visto lo visto, tal vez sea necesario que nos planteemos seriamente los valores imperantes en nuestro microcosmos de abundancia (falsa). Una abundancia construida sobre las carencias de otros, y por tanto criminal. Tal vez sea necesario que diseñemos en serio un verdadero cambio. Tal vez tener el mejor móvil, dos ordenadores, dos coches no sea la riqueza real.

Ahora sí, mandadme a Cuba si queréis.

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Un símil absurdo

Creo que tenemos más en común con los vegetales de lo que pensamos.  De una semilla venimos al mundo; agua, sol y otros inventos precisamos para vivir; nos reproducimos, diseminando nuestro fruto, y dejando en el mundo parte de nosotros mismos; morimos, volviendo a la tierra de la que procedemos.

La gráfica que os voy a presentar muestra el reparto proporcional del peso seco entre las distintas partes del Senecio común (Senecio vulgaris) durante su ciclo de vida:

Distribución proporcional del peso seco da las diferentes partes del Senecio común durante su ciclo vital. Fuente: R. E. Ricklefs, Invitación a la ecología. Gráfico: C. Cuenca.

Distribución proporcional del peso seco da las diferentes partes del Senecio vulgaris durante su ciclo vital. Fuente: R. E. Ricklefs, Invitación a la ecología, la economía de la naturaleza. Gráfico: C. Cuenca.

Al observarla detenidamente me fue imposible no detectar similitudes entre esta planta compuesta y mi propia especie, llamadme loco.  Mi mente hizo una conexión tan compleja como probablemente absurda y poco rigurosa, pero no la voy a negar. Donde la gráfica muestra pesos de partes fisiológicas del Senecio, yo vi la importancia otorgada a los distintos aspectos de la vida a lo largo de las diferentes fases vitales de un individuo humano. Supongo que todavía no se entiende, de modo que voy a intentar explicar la serie de engranajes que uní en mi maquinaria interna para llegar al puerto al que llegué.

Ilustración que representa las diferentes partes del Senecio vulgaris. Fuente: Wikipedia commons.

Ilustración que representa las diferentes partes del Senecio vulgaris. Fuente: Wikipedia commons.

En la gráfica se observa que al comienzo de su vida, la práctica totalidad del peso seco de la planta (un 98% aproximadamente) lo encierran las raíces. Necesita alimentarse, necesita crecer. Un ser humano, al nacer y en sus primeros años de vida, otorga casi entera importancia a sus raíces, a sus padres, a sus abuelos, a su familia. El resto le es ajeno, la familia lo es todo.

Se advierte, no mucho tiempo después, a mediados de agosto, que nuestra mala hierba ha desarrollado multitud de hojas en detrimento de las raíces, acaparando las primeras la mayor parte del peso seco. Después de todo, necesita tejido fotosintético para poder seguir viviendo. Las hojas… Fijaos, se me ocurrió la absurda idea de que las hojas podrían simbolizar el desarrollo de la vida propia, las ganas de vivir la vida de uno mismo, eso tan propio de la adolescencia humana. Todos hemos querido ser adultos antes de tiempo, y hemos dejado un poco de lado nuestras raíces, nuestra familia.

Continuamos nuestro recorrido por el gráfico y nos topamos con que, a partir de mediados de septiembre, la cosa ha vuelto a cambiar radicalmente, para bien o para mal. De repente aparecen las flores, ocupando un amplio 20% del peso seco; las hojas van teniendo cada vez menos importancia, y aparece también el tallo. Lo único que no ha cambiado es la decreciente importancia que tienen las raíces, que tienen un papel cada vez más anecdótico. Así, en este punto, los actores principales son las flores y el tallo, a los cuales los equiparo y personifico con la importancia que el ser humano da a su cuerpo y al sexo en su fase de juventud.

Semilla voladora

De aquí en adelante, aparecen las semillas, que cada vez adquieren más importancia, y todo decrece excepto éstas últimas. Incluso las hojas, a las cuales comparábamos antes con las ganas de vivir la propia vida de uno, se van secando… Es inevitable comparar esto con la dedicación que un individuo humano pone en su progenie, en sus semillas. Yo no tengo hijos, pero he escuchado a mis padres mil veces decir que cuando tienes uno, te cambia la vida.

A veces pienso que el ser humano, con toda su inteligencia y todo su dominio, no es más complejo que la más común de las hierbas. Probablemente esté equivocado.

Mi experiencia como educador ambiental

Estoy educando niños. Dicho así suena muy grave, pero es que en cierto modo es así. Desde hace unas semanas me dedico semiprofesionalmente a ir de colegio en colegio dando pequeñas charlas sobre algunos temas relacionados con el Medio Ambiente. Lo de semiprofesionalmente lo digo porque, técnicamente, no estoy trabajando de esto. Como todo el mundo sabe, trabajar consiste en realizar una cierta actividad para posteriormente recibir un agradecimiento económico por ella. No es mi caso. Yo lo hago como parte de unas prácticas universitarias externas en una empresa privada de educación ambiental al amparo del centro en que curso mis estudios.

Bueno, pero este no es el tema. No he venido aquí a hablar de convenios interuniversitarios. Lo que quería hacer es plasmar, en cierto modo como apunte propio, las sensaciones que me asaltan durante la realización de mis tareas como educador ambiental. Pero antes voy a comentar en qué consiste lo que hago, para así meternos en el contexto que tengo en mi cabeza y, de este modo, no parecer un loco que habla de cosas que no tienen sentido alguno. Procedo.

 La mayor parte de las actividades se dividen en dos partes. La primera parte consistiría fundamentalmente en una charla explicativa, en la que se les proyecta todo el contenido teórico, siempre sabiendo a quién tienes delante escuchándote. No puedes soltarles una parrafada y esperar que te escuchen 40 minutos seguidos a las nueve de la mañana. ¡Son niños! Lo que el que escribe hace normalmente es comenzar preguntándoles, tantear su nivel, poner muchos ejemplos que conozcan y que les resulten visuales, y ellos van marcando el ritmo de la charla, que acaba siendo una verdadera conversación. La segunda parte es un juego, siempre relacionado estrechamente con el contenido de la charla, pero un juego al fin y al cabo. No olvidemos que los destinatarios de las actividades son niños, y a los niños lo que realmente les gusta es jugar. Deben jugar, es su papel en la sociedad.

Pero voy a dejar de un lado el tema del juego, momento en el cual ellos entran en su sociedad paralela y particular, en la que tienen sus propias normas, y en la que el que se cuela en la fila es todo un malhechor contra el cual la justicia debe actuar consecuente y ejemplarmente…qué sé yo, ¿5 minutos en el banco sin jugar? Dicho sea de paso que no soy muy amigo de los castigos, aunque lo cierto es que hay veces que son un mal necesario.

niñaPero yo, personalmente, quedo fascinado durante esas charlas iniciales que he mencionado antes. Para empezar, nada más entrar a las clases, siempre soy recibido entre sonrisas que, vistas desde mis ojos, son las más sinceras. Son las sonrisas de quien una mañana recibe la visita sorpresa de alguien inesperado, a la hora en la que tocaría ponerse a corregir los deberes de mates. En el momento de dar la charla, además de educador ambiental, soy un poco sociólogo, en el sentido de que los observo, y los observo como individuos humanos, como proyectos de futuras personas formadas. Quedo maravillado por su interés. Tienen nueve, diez, once años, y ponen más atención que la mayoría de las personas adultas. Se pasan el rato preguntando, compartiendo opiniones y anécdotas, participan, cooperan… ¡no tienen vergüenza ninguna! Es extraordinario. Están completamente libres de todo tipo de prejuicios. Me ocurre que vuelvo a creer en el ser humano cuando entro en un aula de primaria de un colegio público y veo niños de todas las etnias y culturas compartiéndolo todo, compartiendo las alegrías, compartiendo los materiales, compartiendo el comienzo de sus vidas, compartiendo su educación. Es algo que me llena el alma. ¡Y me sorprende! Porque lo cierto es que soy una persona pesimista, y más aún en lo que se refiere al ser humano en su relación consigo mismo. Pero esto de lo que hablo es de otro mundo. Es un pequeño mundo dentro de nuestro caótico, desigual e injusto mundo. Negros, blancos, magrebíes, gitanos…se hacen bromas, se cogen de la mano, se escogen mutuamente como pareja para el juego. En definitiva, y lo afirmo rotundamente, son más humanos que la mayoría de los adultos. ¡Qué digo! Son más humanos que todos los adultos.

Así, lo que acontece en mi interior es algo en cierto modo inexplicable y mágico, porque yo era el que iba a enseñarles algo, me llaman “profe”, y muestran un respeto por mi persona, pero me voy de allí pensando que son ellos los que me enseñan y me educan. Y no es una simple sensación, eso es lo que realmente ocurre. Posiblemente yo les transmito un cierto amor por el entorno que les rodea, les transmito respeto por la naturaleza e intento que se sensibilicen con el deterioro que sufre la misma en el estado actual de las cosas. Pero ellos me transmiten otro tipo de respeto, el respeto propio de alguien que no tiene prejuicios, miedos ni frustraciones.

Yo les digo que es mejor sin coche, pero ellos son los que me educan a mí.

Viñeta de Mafalda.

Viñeta de Mafalda.

Comentando una investigación sobre suelos

Escribí hace no mucho sobre suelos, y quise entonces resaltar su excepcional importancia en la “economía natural”, y con ello me refiero a que, viendo las interrelaciones que tienen lugar entre los diferentes compartimentos ambientales, como si de una relación económica (y por tanto, humana) se tratara, el suelo vendría a ser algo así como un banco central, que actuaría de intercambiador, transformador y captador de capitales, tanto buenos como malos. ¡Pero no le cojáis manía! Esto no es más que un símil para hacer la cosa más cercana y llevadera, y también más simple.

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Pero bueno, dejando los símiles para otro día, yo a lo que venía hoy es a comentar brevemente un artículo científico que tuve la oportunidad de leer hace unos meses, y que fue, en mi opinión, muy revelador. El artículo trataba sobre los efectos de los tratamientos agrícolas en las propiedades de la superficie del suelo en el este de España. Sin más, os lo comento.

El escrito expone la realización de un experimento realizado en el este de la Península Ibérica y las hipótesis de trabajo para llevarlo a cabo. El proceso empírico consiste, a grandes rasgos, en la evaluación de los efectos de cinco prácticas agrícolas en tres propiedades del suelo muy significativas e indicadoras, valoradas cada una de ellas en una parcela experimental, con el objetivo de determinar si los cambios en las propiedades son causa de degradación, en concreto, degradación por pérdidas de suelo y de agua.

Los tratamientos evaluados en las diferentes parcelas fueron: la práctica del laboreo o arado, el tratamiento con herbicidas, la incorporación de un mulch de paja a la superficie y la incorporación de trozos de ramas a la superficie. Además había una parcela control, en la que se dejó crecer maleza. Las propiedades valoradas fueron el contenido en materia orgánica del suelo (OM), la estabilidad de los agregados (AS), y el contenido en carbono de la biomasa microbiana del suelo (Cmic), propiedades indicadoras de las cualidades físicas, químicas y biológicas del suelo. De este modo, se muestreó el suelo dos veces en cada una de las parcelas, la primera vez antes de aplicar los tratamientos, y la segunda vez tras 16 meses de tratamientos, con el fin de observar los cambios inducidos. Además, se realizaron simulaciones de precipitación en una magnitud equivalente a las lluvias torrenciales naturales del área de estudio para cuantificar pérdidas de suelo (lavado de superficie y pérdida de partículas).

Tras la determinación de los valores de las propiedades estudiadas, las diferencias entre las distintas parcelas fueron significativas entre el primer muestreo y el segundo, según varias pruebas estadísticas. Los mayores niveles de OM, AS y Cmic se observaron en la parcela a la que se le adicionó el mulch de paja. La parcela trabajada mediante laboreo tuvo una reducción importante en el porcentaje de estabilidad de los agregados, y en la parcela tratada con herbicidas se obtuvieron los valores más bajos de contenido de carbono de la biomasa y de materia orgánica. Estos resultados además sacaron a la luz una clara correlación entre las propiedades químicas, físicas y biológicas del suelo, siendo las tres propiedades estudiadas interdependientes según los resultados obtenidos. Asimismo, conjuntamente a lo anterior, se cuantificó para cada una de las parcelas el tiempo necesario para que se diera escorrentía, proceso muy relacionado con la erosión, siendo el tiempo más rápido el obtenido en la parcela tratada con herbicidas. Por otro lado, la parcela arada fue la que mayores concentraciones de sedimentos registró, lo que advierte de la alta susceptibilidad de los suelos arados y tratados con herbicidas (niveles de OM, AS y Cmic bajos) a la erosión.

 

De todo lo anterior podemos extraer conclusiones que no avalan las prácticas agrícolas tradicionales y de alto rendimiento, ya que las parcelas de arado y herbicidas fueron las que mayores pérdidas de agua y suelo registraron. Esto nos dice que apostar por otro tipo de prácticas menos agresivas y más sostenibles para la tierra es algo urgente e ineludible, más en las regiones de cultivos de secano mediterráneos, que son especialmente susceptibles, pero también en cualquier lugar del globo, pues no olvidemos que las pérdidas de suelo son un problema ecológico y ambiental muy grave que se acentúa día a día.

*El artículo se llama «Effects of agricultural management on surface soil properties and soil-water losses in eastern Spain», y lo podéis encontrar en diversos espacios web dedicados a la investigación.

Pienso, ¿luego consumo?

Cree Žižek que alguien que compra, por ejemplo, comida ecológica, no lo hace por el respeto a la naturaleza, ni tan siquiera por comer más sano, sino que su verdadera intención, enmascarada y escondida inconscientemente, es ganar un cierto apoyo o camaradería con un determinado grupo social, esto es, con gente que realmente sí está comprometido con el cuidado de la naturaleza.

Representación pictórica de Slavoj Žižek.

Representación pictórica de Slavoj Žižek.

Slavoj Žižek es un filósofo esloveno contemporáneo, cuya presencia en la actualidad académica es notable, y que encierra dentro de sí un pensamiento profundamente crítico con la sociedad actual, en concreto con todo lo que tenga que ver con el consumismo. Es de agradecer, en el mundo de hoy, la afrenta desde el pensamiento al sistema de valores occidental que lanza Žižek, como flecha que hiere y debilita una doctrina caduca e ilícita.

Como decía, este pensador mantiene que las personas o, en este caso, los consumidores, al comprar un determinado producto “social”, lo que hacen es comprar una cierta ideología o postura política. Podríamos encontrar un ejemplo ilustrativo de este fenómeno en los pañuelos palestinos, mercantilizados de manera brutal, producidos en masa y, probablemente, en condiciones de semiesclavitud. Hubo una época en que podíamos ver estos pañuelos en los escaparates de las más extendidas y vastas corporaciones textiles, ¡y en el color que quisiéramos!…y aún es extraordinariamente fácil verlos por las calles.

De este modo, el pañuelo, que en un principio simboliza el apoyo social y solidario a un pueblo (el pueblo palestino) que es humillado por otro, pasa a convertirse en una moda, en un objetivo comercial del gusto colectivo, una prenda de actualidad… Resulta desgarrador ver cómo un símbolo de los más transgresores y subversivos de los últimos años resulta transformado en un mero objeto de escaparate.

Esta es, en propias palabras de Žižek, «la más grande manipulación postcapitalista». El hecho de que, en general, el individuo puedaconsumismo sentirse solidario y humano casi exclusivamente a través del consumo, y no a través de su propia existencia, constituye un engaño mayúsculo en el que a menudo caemos, y que ha tenido un éxito rotundo. Así las cosas, ¿es esto fruto de la casualidad?, yo pondría la mano en el fuego al decir que no. Es evidente que hay quien se beneficia de este tipo de fenómenos. Después de todo, no vivimos en una sociedad precisamente igualitaria, y siempre ha habido dirigidos y dirigentes.

Y esto, aunque así lo parezca, no pretende ser uno de esos gritos hacia ninguna parte, ni un mero pataleo “sin ton ni son”. Es una invitación constructivista a que seamos un poquito más conscientes, y me incluyo a mí mismo. Porque los que nos engañan día a día muestran muchas caras, y la mayoría de semblante amable y jovial, pero no debemos caer en la equivocación de dejarnos llevar. La solidaridad ha de ser fruto de una reflexión profunda y sincera, en la que sólo tenga cabida la necesidad de uno mismo de cambiar el mundo en el que le ha tocado vivir, sin dejar que perturbaciones lucrativas externas se adentren en nuestras mentes y dirijan nuestras acciones.

Nietzsche, dioses y naturaleza

Representación escultural de Apolo.

Representación escultural de Apolo.

Dionisos era el dios griego del vino, instigador del éxtasis como forma de existencia y del caos en general. Lo conocían como el “Libertador”, puesto que liberaba al individuo de sí mismo, le permitía ser como es en realidad, sin restricciones ni disfraces.

Apolo, contrariamente, es el dios del sol y de la luz, de la armonía y del orden. En sus representaciones esculturales lo encontramos encarnando ese ideal artístico de la Grecia arcaica de joven imberbe; ni un sólo vello estropea la perfección de su piel pétrea, ni una piedra en su zapato.

De estos dos hijos de la maniática mitología griega, Friedrich Nietzsche extrae su célebre dicotomía filosófica, la cual encierra dos conceptos más relacionados de lo que en principio parece, casi complementarios. El primero afirma la vida sin negaciones, un aparente caos que lo envuelve todo y lo redistribuye a su antojo. Un remolino de energías y materia que pone las cosas donde no van. Esto es lo «dionisiaco». El otro concepto habla de lo bello, lo armónico, lo «apolíneo». Es el orden por el orden, un amplificador que engrandece la señal de lo defendido por Dionisos, pero justo en sentido opuesto. Nietzsche mantenía que estos dos conceptos residían dentro del ser, dentro del hombre, y que este debía encontrar el justo equilibrio entre esas dos partes interiores y hacer de dos extremidades frágiles, un tronco robusto, o lo que es lo mismo, nivelar la balanza.

Bien, propongo dejar a un lado al ser humano, y arrastrar los conceptos que estamos manejando hacia la naturaleza. Entonces sería muy difícil no pensar que la naturaleza está gobernada por el azar y el caos, gobernada (si la tuviéramos que personificar y darle forma humana, y siempre salvando las distancias) por el dios Dionisos. Como mínimo, es lo que nos dictaría la intuición. Pues bueno, estamos errados y, puesto que errar es humano, sigamos. Entendiendo la naturaleza o el medio ambiente como un organismo vivo, desde una concepción metabólica del sistema natural, vislumbramos un engranaje con millones de ruedas que giran porque gira la anterior y, a su vez, que hacen rodar a la siguiente. Una ceñida ilustración de esto sería el ciclo del agua: el agua en estado gaseoso retenida en la atmósfera, procedente de la evaporación de mares y ríos, precipita, volviendo a los mismos lugares de los que proviene. Desde este punto de vista, ¿quién pensaría que todo responde al capricho del azar? Sería incluso más coherente soltarse la melena y afirmar que alguien lo debió de hacer así para que funcionara, e incluso ir más allá y pensar que el sistema es tan perfecto que siempre debió de ser así, y que cualquier cambio desbarataría el invento. Pues bueno, esto también sería inexacto. Después de todo, y gracias al noble oficio (o debería decir arte) de la arqueología y sus hallazgos, bien sabemos que la única norma no escrita de nuestro mundo es el cambio, la metamorfosis, la evolución… como mandamiento que nadie escribió, pero que bien debemos entender.

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Colibrí alimentándose del néctar de una flor.

Así, y ya con las ideas un poco más organizadas, nos permitimos de nuevo el lujo de personificar al Sistema Tierra y otorgarle sus competencias a un dios (como si lo necesitara…). Ahora seguramente todos pensaríamos en Apolo, “el dios que regula la naturaleza y controla sus procesos debe de ser Apolo”, dirían las lenguas y atronarían las gargantas; “tanta armonía y coordinación sólo pueden provenir de sus gobiernos”, podríamos escuchar también. Hay ejemplos a nuestro alrededor que muestran esto, que muestran la armonía y autorregulación de los ecosistemas, y de los ecosistemas dentro del gran sistema de la Tierra, tantos como queramos encontrar. Desde las escalas más pequeñas, como la incuestionable concordia con la que se dan la mano las bases nitrogenadas del ADN, a los niveles detectables a simple vista, como (y es sólo un ejemplo) la asombrosa coevolución que han llevado a cabo los colibríes con muchas especies de plantas florales de la familia de las orquídeas o de las bromelias. Esta última interacción es asombrosa,  ¡una planta que evoluciona para que solamente una especie de ave se pueda alimentar de ella! Obviamente, esto es el resultado de una maravillosa adaptación que ha desarrollado la planta para asegurar que el polen que produce llegue obligatoriamente a la flor de una de sus congéneres y, de este modo, asegurar su supervivencia, y es fruto de muchos años de coexistencia y cooperación entre los dos organismos, pero, observado a bote pronto, resulta prácticamente milagroso.

Así las cosas, y en detrimento de cómo empecé estas líneas, mi conclusión es que la naturaleza no obedece ni a Dionisos ni a Apolo. No es un caos, pero tampoco es puro orden sin sentido. El Sistema Tierra no obedece a ningún dios, sino que más bien constituye uno.  Uno muy especial, una deidad que no requiere fe, ni precisa templos, ni nadie con alzacuellos que promulgue su poder. Pero pone las cosas en su sitio, mantiene la homeostasis de su sistema mediante infinitos procesos, la mayoría de los cuales seguramente desconozcamos. Ahora bien, Nietzsche mató a Dios allá por 1882, en su célebre obra “La gaya ciencia”, ¿será capaz la humanidad, casi dos siglos después, de no matar a este otro dios?

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«¡Dios está muerto! ¡Dios queda muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!». Extraido de La gaya ciencia (1882). Friederich Nietzsche.

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Conversaciones microscópicas, coloquios trascendentales que sólo podrían tener lugar en el más escondido órgano de un organismo pluricelular, congruencias e inteligencias salidas de un núcleo. Enajenación, demencia, brillantez y embriaguez, todo en el mismo pack : sin más, “Filosofía celular”, entrega I.

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“Filosofía celular”, viñeta 1. Dibujo: C. Cuenca.